miércoles, 27 de febrero de 2013

A España le asusta la independencia Kosovar


Kosovo, país independiente desde 2008, ha sufrido un largo proceso de lucha y guerra para poder lograr ser reconocido como tal. Después de formar parte de la antigua República Socialista Federativa de Yugoslavia durante casi medio siglo, donde era una provincia de ella, Kosovo sufrió como el resto de los países de la citada República, la guerra de Yugoslavia. Tras la independencia de Eslovenia y Croacia primero, y de Macedonia y Bosnia-Herzegovina después, era el momento de Kosovo. El problema fue, que tanto Serbia como una parte de la sociedad internacional no vio con buenos ojos esa voluntad de secesión por parte de las regiones yugoslavas. El conflicto duró aproximadamente nueve años (1999-2008), donde se produjo una brutal guerra entre los países que formaron la antigua Yugoslavia y que terminó con la incorporación de las fuerzas de la OTAN que vio la separación de Kosovo como la mejor solución al conflicto armado de esa región.

Después de ser declarada como una nación libre e independiente, fue el momento de ver las distintas reacciones de los países del mundo frente a esta separación. Mientras que, por un lado, estados como Francia, Reino Unido o Estados Unidos entre otros, sí reconocen la secesión del territorio kosovar, otros como China, India, Rusia o España no lo ven legítimo. Unos tendrán sus razones y motivos para estar a favor y los otros las suyas para ver negativo este cambio, pero el caso concreto de España es importante. Entre las distintas razones que el gobierno español ha dado sobre su posición ante este conflicto, la más destacada es la referida al tema del federalismo de algunas partes de España.

Es conocida, la voluntad por parte de algunos territorios del estado español, de independizarse o conseguir más soberanía frente al Estado central. Esos territorios serían, tanto Catalunya como el País Vasco. Cuando Kosovo fue declarada como país independiente, en España se vio este reconocimiento internacional como una posible baza a favor para estas regiones españolas que desean la independencia o mayor soberanía. Es sin duda, un aspecto a tener en cuenta, ya que, sí España reconociera esa separación de Kosovo frente a lo que era Yugoslavia, no tardarían en salir, voces que discreparan sobre el por qué reconocer esa independencia cuando no se hace lo mismo en su propio país. Pese a la posible similitud de los casos, hay que mantener cierta distancia entre ambos, puesto que, la formación de Yugoslavia y su disolución años más tarde es un caso distinto al de Catañunya o el País Vasco, que han sido parte del territorio español desde hace bastante más tiempo.

Además de esta razón, España ha mostrado otros aspectos que consideran importantes para no reconocer a esta antigua región yugoslava. En primer lugar, alega que en la Carta de las Naciones Unidas, la ONU garantiza la integridad de los estados miembros y, por consiguiente, a Serbia como uno de ellos. De este modo,  pide a las naciones que no intervengan en la integridad territorial de terceros países. Por ello, España considera además que la declaración unilateral de Kosovo contraviene la resolución 1244 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas del 10 de junio de 1999, aún vigente, en la que se sentaban las bases para la resolución del conflicto afirmando que en todo momento se respetaría la integridad territorial de Serbia.

Otra de las razones empleadas por el ejecutivo español para no reconocer a Kosovo, es que la Constitución de la República Federal Socialista de Yugoslavia de 1974, reconocía el derecho a la independencia a las repúblicas que integraban la extinta Yugoslavia, pero por el contrario, no reconocía este derecho a Kosovo porque era una provincia autonómica de la república de Serbia. Este es el motivo, según el Ministerio de Asuntos Exteriores, que llevó a España a reconocer a Bosnia, Montenegro y Croacia, y no a Kosovo. Teniendo en cuenta esta diferenciación, parece razonable, en parte, que España no reconozca este territorio ya que Kosovo no fue considerada como una República Federal dentro de Yugoslavia, sino simplemente una parte más de ella considerada como una provincia.

El último y no por ello menos importante de los motivos que España ofrece para no reconocer oficialmente a Kosovo es que en El Acuerdo-Marco General Para la Paz en Bosnia y Herzegovina, también conocido como Acuerdos de Dayton hace referencia a los acuerdos alcanzados en noviembre de 1995 en la base aérea de Wright-Patterson, en Dayton (Ohio, Estados Unidos), que supusieron el fin de la Guerra de Independencia de Croacia, librada durante los cuatro años anteriores. Dentro de los acuerdos se reconocía la necesidad de proteger la diversidad étnica y cultural y también el respeto a las minorías dentro de las fronteras de la nueva república balcánica. España considera que la creación de un nuevo estado kosovar supone una diferenciación étnica y, por tanto, resulta incompatible con esta visión reflejada en los Acuerdos de Dayton.
Por todo ello, España sigue siendo reticente a aceptar a esta parte de territorio como una nación libre e independiente, pero está bastante clara cual es la postura que más prima en su decisión. El peligro de los estados que quieren ser independentistas en España es lo que más le preocupa, y por ello parece difícil que acabe reconociendo a Kosovo. Pese a todo, no estaría de menos mirar el ejemplo de otros países que sí que lo han hecho y tratar de diferenciar entre el caso de la secesión española con el de la Yugoslava, ya que no son tan parecidos como se cree.



Una visión diferente


La principal función del periodismo profesional es, o por lo menos debería ser, la transmisión de un mensaje concreto a un público masivo. El contenido de ese discurso tiene que ser lo más objetivo posible, es decir, debería contar lo que sucede, sin atender a opiniones o juicios de valor, dejando cualquier otro modo de  relatar para el periodismo de opinión en el que caben razonamientos personales o visiones parciales de la realidad. Pese a la dificultad que, en ocasiones, supone acercarse a esa imparcialidad, el periodista deberá buscar todos los medios que estén a su alcance para poder revelar su mensaje de la forma más clara y concisa posible. Por otro lado, la carrera de Periodismo ofrece otras muchas salidas laborales que se alejan, como mínimo un poco, de las bases o fundamentos del periodismo convencional. Una posible opción, es la de actuar como representante de una persona o institución, es decir, ejercer  como asesor.

La charla o comparecencia de Jorge FEO ESCUTIA -Consultor de Comunicación-, nos ha ayudado a comprender mejor cómo funciona este mundo relacionado con los medios y, a través de sus reflexiones, hemos podido entender que es muy distinto de la idea que la gran masa tiene de esta profesión. Para poder ampliar nuestra visión sobre la figura del asesor, en este caso político, hay que remontarse a la etapa de la Transición Española. En ella, los nuevos partidos recién nacidos, buscaron la ayuda de esta suerte de  “consejeros” para poder llevar a cabo sus discursos, campañas, formas de actuación o protocolo, etc. Pese a todo, con los años y el crecimiento de la joven democracia, los partidos políticos han ido sustituyendo a esos asesores externos, (profesionales ajenos al partido), por otros mucho más ligados a sus ideales, creando así los primeros gabinetes de información propios. Este cambio sucesivo, ha provocado que la figura del asesor pierda parte del “respeto” de muchas personas, ya que, al involucrarse en un partido, como dice Jorge FEO: “se pierde la voz y el voto”. Por ello, habrá que intentar trabajar en una empresa sin estar dentro de su organización, así se podrá conservar, en cierto modo, la ansiada objetividad periodística.

Como todo buen comunicador, el asesor político tiene la función de influir, esto es, buscar las armas que estén al alcance de su mano para tratar de persuadir al público. Para ello, FEO asegura que “lo primero que hay que hacer es saber cómo se percibe la realidad de lo que sucede, ya que si no sabemos lo que percibimos, no podremos llegar a influir en el otro”. Además de este concepto, el experto en comunicación también expuso otros razonamientos importantes relacionados con el asesoramiento político y, más concretamente, sobre lo que él denominó “la trastienda de las elecciones”. En primer lugar, el objetivo de cualquier asesor, y, por consiguiente, del político al que representa, es ganar, y para conseguir este propósito, todo vale, siempre que esté sujeto a la legalidad vigente. Pese a esa voluntad de lograr el ansiado objetivo, no siempre se gana en esta vida. Aún así, son pocos los políticos que aceptan una derrota, por ello se dice que “la victoria es relativa”, porque a pesar de haber un triunfador y un derrotado, todos aseguran haber cumplido sus metas.

Otro aspecto que cabe destacar son los programas electorales de los políticos. A este respecto, la sociedad se ve inmersa en dos dilemas claramente diferenciados: en cuanto a contenidos y a la forma de expresarlos. Mientras que en su programa escrito, el partido expone “al dedillo” todos los objetivos, propuestas y promesas que quieren desempeñar, el discurso oral viene a ser bastante distinto. En esta segunda parte, el orador utiliza otro tipo de vocabulario mucho más sencillo o coloquial, para tratar de captar al mayor número de simpatizantes; del mismo modo que, basa su exposición en una serie de puntos que él, o su asesor, consideran más importantes o que tendrán más “tirada” para lograr su objetivo final: convencer a la gran masa.

Finalmente, el ponente plantea uno de los aspectos más relevantes: el referido a la ciudadanía. Al fin y al cabo, los ciudadanos son los que, en definitiva, elegirán a sus representantes políticos. Dado el gran poder del pueblo, la clase política, como afirma FEO, “solo se acuerda de los ciudadanos en el momento de la votación”. La población es el objetivo último de cualquier campaña electoral, y por ello es esencial para cualquier asesor político saber qué demanda el electorado. Para lograrlo, un buen asesor político deberá contar con una serie de medidas como son las encuestas u otros mecanismos que ayuden a entender las necesidades principales de la población y que permitan cuantificar y conocer lo que desea el votante.

España, se encuentra inmersa en una grave crisis institucional, cuyos agentes principales son de la estirpe política. Ello, día a día, va mermando la confianza de sus posibles electores y dicha merma se traduce en desconfianza generalizada provocando continuos casos de corrupción,  y de otros actos amorales, que, con mucha frecuencia, llegan a ser ilegales. Será una tarea ardua y costosa volver a recuperar la afectividad y la complicidad de la población y por ello puede que sea necesario un cambio significativo de la “raíz” política. Mientras sigan ocurriendo sucesos como el de Bárcenas, que podría tener implicada a parte de la élite del PP, los ERE de Andalucía o el espionaje político en Cataluña, el pueblo está abocado al catastrofismo, provocado por la desconfianza de sus representantes y, hasta puede que acabe abandonando la confianza en el sistema político español, tan dañado en los últimos años de su democrática existencia.



EL Proceso, una alegoría de nuestra estructura social


La edad contemporánea, que nos ha tocado vivir, está organizada de una manera muy concreta, en la que el poder recae de forma centralizada en un organismo que gobierna sobre todos los demás, esto es, el Estado. Lo realmente importante en esta forma de legitimidad es creer en las leyes y normas impuestas por los brazos ejecutores del poder. Por ello, no será relevante si se cambia de líder, siempre y cuando la organización de su sistema burocrático sea la correcta. Esta estructuración del poder será siempre jerárquica, por lo que las personas que están arriba tendrán mayor responsabilidad que las que forman parte de la base, del mismo modo que en ellas se concentrará un mayor poder de decisión.

En la película de Orson WELLES, El Proceso (The Trial) –homónima de la novela de KAFKA en la que está basada- se puede observar, al principio de la misma, un diálogo entre dos hombres. De él se infieren algunas conclusiones que ayudan a comprender cómo está organizada realmente la sociedad. A la llegada de un hombre ante una gran puerta que simboliza la ley, se antepone un guardián que la protege de todos aquellos que no la deben pasar. El hombre, después de recorrer un largo camino para llegar hasta allí, ve como van pasando los años y no puede atravesar la ansiada entrada a la legalidad. Con ello, lo que se pretende mostrar es esa compleja y jerarquizada organización de la sociedad y, en especial, de la clase política y judicial, que posteriormente encuentra el Sr. K para tratar de llegar a descubrir por qué ha sido procesado.

El film de WELLES es un magnífico ejemplo, a modo de alegoría, que el autor propone como crítica  de esta estructura piramidal que reserva el poder para unos pocos y así poder controlar a otros muchos, a los que se les relega al papel de meros “monigotes” que simplemente van a hacer lo que esa clase “alta” o privilegiada decida. Para que el pueblo o la sociedad cumpla con lo que requiere la burocracia, es necesario que éste conozca, crea, respete y, por supuesto, cumpla con las normas y leyes dictaminadas por el Estado. Desde el momento en el que entran en su casa los dos investigadores o policías, el Sr. K se encuentra inmerso en un proceso que, desde el principio, parece no tener “ni pies ni cabeza”. La citación o aviso de que va a ser juzgado es lo único que sabe el Sr. K sobre su presunto delito.


Con el paso de los días, el acusado comienza a creer que realmente algo ha ocurrido, se siente como culpable de algún mal acto, aunque realmente no es consciente de que lo haya cometido. A lo largo del visionado, el protagonista va recibiendo continuas visitas de los funcionarios del gobierno que acuden a él, siempre bajo órdenes de sus superiores, para ir comentándole el desarrollo de su proceso. En un momento dado, el Sr. K entra en un juzgado repleto de gente que lo observa fijamente. Él sube al estrado para tratar de defenderse y acusa a los policías que entraron en su casa, así mismo ataca a la organización del sistema. Después, se da cuenta de que a esos funcionarios que él acusó los están torturando por haber hecho eso. Este es un momento clave o climático del film. Aquí WELLES trata de mostrar que todos seguimos órdenes de arriba, sin tener en cuenta si están bien o no. Los policías que fueron a su casa obedecieron aquello que les fue dictaminado, de la misma forma que los que ahora los flagelan a ellos hacen el mismo ejercicio, seguir las órdenes de un superior.

Después de comprobar directamente cómo actúa el Estado, el Sr. K empieza a buscar medidas para tratar de contrarrestar las acusaciones, pero, con el tiempo, comprueba que eso es imposible. Una de las opciones que adopta es la de recurrir a un abogado conocido, amigo de su tío Max. Tras visitar en varias ocasiones al letrado, cualquier espectador puede deducir otra conclusión clara: en cierto momento, el abogado llama a uno de sus clientes, Bloch,  para mostrarle al Sr. K que el que tiene el poder puede hacer lo que quiera sobre el que se encuentra por debajo de él. Esto es un mecanismo bastante injusto, ya que, las clases dominantes o los gobernantes, van a ser, casi siempre, aquéllos que han podido permitirse años de estudio para poder llegar hasta ahí, por lo que realmente se hablaría de una plutocracia.

Después de volver a comprobar con conocimiento de causa cómo funciona el sistema, el joven decide dejarlo todo y tras hablar con otro hombre acusado llega a la conclusión de que, si sale declarado como inocente, solo será libre en apariencia, no en absolución, ya que todo el sistema está corrupto. Una de las últimas escenas de la película pone de manifiesto a un Sr. K desesperado, sin saber qué hacer ni dónde acudir, y el desnortado protagonista acaba finalmente en una iglesia. En ella, el hombre habla con el sacerdote, quien le relata la metáfora del guardián y la ley. Acto seguido, aparece su ex abogado para confirmarle que definitivamente va a ser condenado a muerte. El desganado Sr. K no tiene más remedio que acabar reconociendo la culpabilidad de un hecho que desconoce.

Cuando ya está todo perdido, aparecen en casa del procesado dos nuevos policías que lo cogen de los brazos obligándolo a caminar hacia donde ellos le dirigen. Tras cruzar varias calles, llegan a un lugar bastante recóndito donde deciden detenerse. Allí le ofrecen al condenado un cuchillo con el que lo incitan a quitarse la vida él mismo. Al negarse a hacerlo, los hombres prenden unos cartuchos de dinamita con los que consiguen acabar con la vida del Sr. K. Con ello, WELLES ha intentado mostrar que el sistema goza de una organización que es la que dirige, ordena y, por tanto controla al conjunto de la sociedad. En esa estructura hay una jerarquización en la que, el que está en la cúspide, influye sobre los que están debajo, de tal forma que éstos, siempre, estarán sujetos a su voluntad o a lo que dictaminen las leyes o normas que esa misma clase “alta” ha creado. Esta complejidad en la organización dificulta cualquier proceso, debido al número de escalones que deben superarse hasta llegar a la cima que es, en definitiva, la que realmente decide. La sociedad está creada de tal forma que quién no se adapte a las normas o incumpla las leyes, será criticado, procesado y, muy posiblemente, condenado como sucedió con el Sr. K.

La conclusión, pues, que se infiere de nuestra experiencia como espectadores de la obra de WELLES, no es otra que la estructura social en la que están conformadas todas nuestras comunidades, son, en esencia, injustas, ya que siempre hay unos pocos que dominan a una gran minoría. Esta estructura piramidal puede considerarse una perversión del sistema social en el que están inmersas todas las agrupaciones sociales de nuestro entorno en pleno siglo XXI. Esto debería llevarnos a reflexionar sobre muchas cosas que se plantean como retos a superar para paliar los defectos sociales que nos acucian en nuestra era. La estructura social en forma piramidal, es, en definitiva, una perversión más del sistema al que nos sentimos esclavizados. Bueno será replantearnos este hecho.